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Cuando hace unos años la Delegación diocesana de Misiones pidió al
Arciprestazgo encargarse de organizar el Día de los Misioneros Diocesanos,
pusimos dos condiciones. Una era ésta: Aclarar el concepto de misionero.
Partimos de la doctrina elemental de que la misión es única e idéntica.
Damos un paso más y recordamos que la Iglesia existe para evangelizar. Por
eso, tomando la enseñanza de la tercera carta de San Juan, damos el título
de misionero a aquella persona que nacida a la fe en la fuente bautismal de
nuestras comunidades, sin recibir nada a cambio, o sea, no por motivos
económicos, sino por el Nombre, o sea, por Jesús, que es el Nombre sobre
todo nombre, salió de entre nosotros. Esta “salida” la asumimos como envío
hecho de manera más o menos consciente por su comunidad. Esta salida, desde
que estamos trabajando en la comunión del Arciprestazgo, es un envío que se
renueva cada año, que se traduce en un cuidado especial por mantener el
contacto con todos y cada uno. Esta comunión es vivida por ellos que
contestan con ilusión a las comunicaciones, a la carta del Arcipreste, a la
invitación que les hacemos a participar en el C.P.A., cuando están por aquí
de vacaciones.
Podemos presumir, no de haber hecho nada especial, sino de ser herederos de
unas comunidades cristianas que están aportando a la Iglesia universal el
10% de sus miembros. ¿Conoces muchas comunidades cristianas así? Porque en
este momento en que escribo estas líneas entro en nuestra base de datos y
leo contigo:
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América 91
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Europa
433 |
Asia 1 |
África
14
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Son, por lo tanto, casi 540 los misioneros entregados por estas pequeñas
comunidades a la misión de la Iglesia universal, en una población que a
duras penas supera los 5.000 habitantes
Estamos orgullosos. Pero lo vemos más como un reto. |